Bizancio

| domingo, 18 de febrero de 2018 | 10:32

Estoy seguro de que si todavía no han disfrutado de esta joya, será porque, como un servidor, no tenían ni la más remota noticia de que existía. La editorial Montesinos desenterró esta novela de Ramón J. Sender, que cuenta la epopeya de los almogávares en la expedición de ayuda al emperador Andrónico contra los turcos. Épica, catástrofes, crueldades, amores… esta crónica lo tiene todo, pero en lo que realmente destaca es en el tratamiento de los personajes. Princesas-niña con pensamientos tan brillantes como retorcidos; diálogos enjundiosos, a veces absurdos, a veces iluminadores, entre los héroes, complejos, inesperados, en algunos casos tan sangrientos como sentimentales. Hay líneas absolutamente inolvidables: La virtud es difícil cuando hay aburrimiento de por medio/hay ciertos odios que son a la vez un difícil y laborioso amor/ no solo hay que ir a guerras que sabes que vas a ganar, sino también a las que tienes la certeza de que vas a ser derrotado/te odian porque crees en la felicidad/se movía como si ocupase un tiempo distinto al de la otra gente. La corte sofisticada y excesiva de Bizancio produce seres casi inmortales, seres retorcidos, seres intrigantes, seres sugestivos, seres letales. Se describe un mundo consciente, pero también otro que se mueve bajo ese nivel, llenos de atisbos y matices. Por supuesto hay batallas, y un conocimiento exhaustivo de cómo se conducen los guerreros en ellas -aunque se sitúen los almogávares en un nicho artificialmente invencible-, pero la novela va mucho más allá del género: Roger de Flor, el jefe de las huestes aragonesas que desembarcan en las costas de Bizancio, no solo lleva un refuerzo militar contra el asedio turco en Anatolia, sino todas las contradicciones de un paladín ético, que debe encauzar una tropa propensa a la hecatombe al grito de Desperta Ferro. Yo soy hombre de paz, se lee en la novela, pero dónde hay paz en el mundo. Faltan doscientos años para la caída de Constantinopla, pero hasta ese momento, no dejen de seguir el avance de este ejército onírico, brutal, romántico, que será objeto de traiciones y venganzas, y que a su vez devastará Tracia y Macedonia, para acabar instalándose en Atenas y Neopatria durante casi un siglo. Mientras, la princesa María le escribirá cartas de amor a Roger, contándole que toda esa sangre que ahora escandaliza será arrastrada por la lluvia, como si nunca hubiera habido tal devastación, y al final, le susurra a su amado que cuando le escriba, aunque use una lengua diferente, si le habla de amor, lo entenderá todo.

Holbein

| viernes, 2 de febrero de 2018 | 15:02



Charles de Solier, señor de Morette. 1534. Es lo que ven: sin palabras