El piojo de Dios

| domingo, 15 de octubre de 2017 | 9:54

Así era como se autodenominaba Lutero, la mosca cojonera de Roma, el revisionista del dogma católico. La biografía de Lyndal Roper sobre Martín Lutero aporta mucha luz sobre este personaje que se jugó el pellejo frente al mismísimo emperador Carlos en la Dieta de Worms, con su denuncia de la corrupción y la decadencia de las instituciones cristianas. Una iglesia que tenía su particular “impuesto revolucionario” en la venta de indulgencias y tiques para contemplar las reliquias de los santos -el príncipe de Maguncia poseía19.000 fragmentos de huesos sagrados-, como un sistema de financiación cuasimafioso, y que Lutero llegó para denunciar. En un mundo donde las campanas de las iglesias repicaban las noches de tormenta para ahuyentar a sus causantes, demonios y brujas, Lutero se movía en una compleja red de convicciones e intereses políticos y económicos que a punto estuvieron dar con su cabeza en un cesto. La salvación por la fe, como él defendía, sin la necesidad de la práctica laberíntica de indulgencias y confesiones, ni diezmos, ni misa dominical, ni catecismo… eliminaba del tablero de juego a los intermediadores, es decir, sacerdotes e iglesia. De hecho, representaba el mismo peligro para la fe que siglos antes los presocráticos, con su famoso silogismo ser es ser percibido, y qué paradoja que ciertas órdenes como los franciscanos se rozasen también por momentos con el heresiarca y su conciencia sobre el descarrío del despilfarro y los sacramentos inútiles. Ya digo, una época apasionante y peligrosa, con Martín Lutero alimentando las calderas de un siglo cuyos cambios se producían a toda velocidad -especialmente los científicos-, mientras se rompían los corsés medievales y se proyectaba la centuria hacia la modernidad. Como hombre paradójico que era defendía que el sexo no era un peligro para las creencias -él mismo se casó, como buen precursor del calvinismo-, al mismo tiempo que despotricaba contra los judíos, defendía la igualdad de la mujer mientras daba por bueno que Cristo se encarnaba literalmente en la hostia, defendía que los monjes eran completamente santos al tiempo que aseguraba que los corazones estaban llenos de odio, miedo e incredulidad. Lo que queda claro cuando se cierra el libro es que, al margen de contrasentidos, y como decía Victor Hugo, no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.   

El pudor de Ishiguro

| domingo, 8 de octubre de 2017 | 10:12



Después del chiste que significó el Nobel al señor Dylan -lo que abrió la puerta a cualquier oficio folklórico que se les pueda pasar por la cabeza, porque ni siquiera como poeta llega-, la Academia ha optado por lo que algunos denominarán un perfil conservador, cuando de lo que único que se trata es de dar el premio a la materia para el que fue concebido: literatura. Curiosamente se lo ha concedido a uno de los grandes admiradores de Dylan, Kazuo Ishiguro, que formó parte de ese dream-team británico que juntó a McEwan, Amis, Barnes, Rushdie… y que le dio un poco de mambo a la narrativa británica de los ochenta. Le descubrí como mucha gente leyendo la novela “Lo que queda del día” tras ver la adaptación cinematográfica protagonizada Emma Thompson y por Anthony Hopkins. Y allí estaba de nuevo la escena que me estremeció, el momento tan delicado como demoledor en que el mayordomo Stevens, tras una vida de pulcritud y dedicación, se resiste a dejarle ver el libro que lee a la señorita Kenton, en un acto casi de violación espiritual, mostrando toda la tristeza y desamparo que ocultaba una fachada rígida e impecable. La novela es precisa -con esa exactitud aprendida de Henry James: no dejen de leer “Los europeos”-, elegante, y te toca el corazón. Luego leí otras que no me entusiasmaron tanto, Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones… y me quedé con ganas de leer El gigante enterrado -ese extraño revival artúrico- pero lo que resulta de recibo es que Ishiguro es un escritor -y no un experimento social de la Academia- a quien se puede premiar, aunque le den un galardón de tal fuste un poco prematuramente. Este autor tiene una característica que a mí me gusta, y que puedo identificar en otras plumas como la de Doctorow: la capacidad para arriesgarse en cada novela. Ahora bien, la diferencia con el americano es que los saltos de Ishiguro siempre son con red: el desconcierto lo causa no con el experimentalismo, sino con los cambios de registro pero siempre dentro de una legibilidad clásica, o bien haciendo las cosas a destiempo. Me explico: nos puede contar una novela victoriana con la mirada del siglo XX, distopías utilizando herramientas canónicas, o puede escribir sobre vampiros cuando hace años que ha pasado la moda de Amanecer. La redención, la identidad, la ausencia de figuras paternas, los recuerdos que pueden consolar o pueden hundirnos, siempre manipulados por una memoria que los somete a muchas atmósferas de presión, son sus temas predilectos, y escribe a su ritmo, o sea, poco. Respecto a la pachorra, Ishiguro responde que no cree tan necesario escribir mucho como aportar algo diferente en cada creación. Y yo creo que eso va a misa. También maneja una técnica que a mí me fascina, el narrador poco fiable, y volvemos de nuevo a Henry James y su “Otra vuelta de tuerca”, en la que al final no sabes quiénes son los fantasmas, como en El sexto sentido o Los Otros. En ese vaivén Oriente-Occidente que caracteriza a la Academia, se comentará el ninguneo a Murakami -que a este paso va a ser tan legendario como el enfilamiento que le profesa Boyero a Almodóvar-, que a mí, sinceramente, no le veo estatura para un Nobel, pero cada uno tiene sus gustos, y por eso hay ferias. No quiero terminar este artículo sin romper una lanza por esos escritores que se merecen el Nobel y año tras año se llevan la decepción, y más teniendo en cuenta que se les acaba el tiempo: Philip Roth, Juan Marsé, Milan Kundera, Stephen King, Cormac McCarthy, Charles Baxter, Ismail Kadaré… Y sí quiero terminar este artículo haciendo una apuesta por quienes lo pueden ganar el futuro: Jeffrey Eugenides, T. C. Boyle, Dennis Lehane, Colson Whitehead, Alessandro Baricco, Emmanuel Carrére…

Más allá, dragones

| domingo, 1 de octubre de 2017 | 10:12

Y de repente 94 nazis han entrado en el Bundestag. Los británicos, que llevaban décadas con una patita fuera, sacan las dos. Los húngaros sufren tics supremacistas. Una parte de Cataluña se quiere ir. Etcétera. ¿Tan corta es la memoria? No hace ni treinta años que en Yugoslavia se produjo una guerra con campos de concentración tras la atomización del país. El resultado fue la centrifugación en seis repúblicas soberanas cuyo peso específico internacional, a día de hoy, es que siguen jugando estupendamente al baloncesto. Si un estado nación como España se desintegra, el efecto dominó se llevará por delante una construcción tan frágil como es Europa, en cuyo seno se ha producido el mayor periodo de paz y bonanza de toda la historia. A lo mejor es que el estado narcótico que produce el bienestar incita a anhelar aventuras épicas, a cantar la Ilíada como se canta Els Segadors, olvidando que la verdadera gesta europea es haber logrado que haya Seguridad Social y que los supermercados estén llenos. Antes del interrail, y de las pensiones, y de los souvenirs, y de la exigencia de tus derechos y de los Ave y de los Juegos de Barcelona con la Caballé y Mercury dándolo todo, en Europa lo que había eran pestes y carnicerías -solamente en el siglo XVII hubo once conflictos diferentes que implicaron a la mayoría de los países-. Recuerdo un fragmento estremecedor de los diarios de Sebastian Haffner sobre la situación alemana en Weimar: “hubo un momento, que duró tres años, entre el 26 y el 29, que el país se estabilizó y los negocios funcionaban y hubo una razonable porción de calma y orden, incluso de aburrimiento. Todo el mundo hubiera podido ser feliz. Pero sucedió algo extraño, no se supo qué hacer con el regalo de poder disfrutar de una vida privada en relativa libertad, como si los alemanes no supieran cómo emplearla y necesitasen de emociones fuertes, de sensaciones intensas de amor y odio, de júbilo y tristeza, todo acompañado de pobreza, hambre, muerte, confusión, peligro…”. El resto se lo pueden imaginar. ¿Tan mal le ha ido a España en estas décadas? ¿Tan mal han vivido los catalanes en el seno de un estado nación imbricado con un ente supranacional que ejerce de blindaje contra amenazas externas e inestabilidades económicas? Desde luego, Europa no ha robado a España, y por supuesto ningún español ha robado ni un céntimo a los catalanes. Mi impresión es que no se ha sido capaz de conectar todos los factores antedichos en un mapa cristalino para que cada uno de los ciudadanos de este país tengan claro que, como decían los antiguos mapas acerca de las zonas peligrosas o inexploradas, a partir de aquí, dragones.